LA CAMISETA AMARILLA
No puedes creer que en
las aceras, parques y calles, la camiseta se venda como pan caliente, que la
gente adquiera (para el orden burgués) su camiseta, la amarilla, no la celeste
la amarilla. La gente deliciosa por todos lados, debajo de sus codos lleva
puesto el suéter de Colombia. Hay que detallar con capacidad analítica como la mandíbula
casi que Al rojo gesticula un delirio y una risa que a todos se les nota que ha
ganado la selección. El champagne se riega por todos los campos, ciudades, ríos,
montañas (de estas montañas de Colombia han venido las más tristes cartas, a lo
Neruda). Corría el minuto dos y ya Falcao ante semejante sol barranquillero le
empujaba el primero de la histórica goleada a Uruguay, el equipo originario de
un país donde se dictaminó legalizar la marihuana, tristemente sin la ayudita
verde se le venía abajo todo el juego planteado a Tabare.
La calle estaba llena
con toda la gente y sus ojos puestos en las pantallas de líquenes de los
almacenes de ropa del centro de la ciudad y se emocionaron con los goles de Teo
y luego de Camilo Zúñiga, ex nacional de Medellín, que dejaron a la gente
boquiabierta, con ganas de mas y espantar el pesimismo, ese mismo que dicen que
los diálogos con la Farc (miren que no digo far como lo pronuncia un ex
dictador del ubérrimo) eran inertes y estaban muertos antes que dieran su mejor
capullo. A lo mejor este triunfo (ojo que nada se ha ganado pues viene Chile)
sirve para una buena borrachera a nombre del Bogotazo y de la cervecería águila
que buena inversión le mete a la selección y le saca como hoy en la noche y buena
parte de la madrugada, le va a sacar a los obreros de Colombia su tajada del
pastel, la mejor tajada por supuesto.
En casa de Nariño dormirá
tranquilos, ya que no importan los magnicidios contra las mujeres en Cartagena,
la heroica, la sin igual y siempre igual, la que atrae a miles de solitarios y
luego se suicidan, a la que por vía wi-fi es gobernada por un alcalde que se
hace o está enfermo de muchos males, la heroica que exhibe a una india desnuda
como estatua y símbolo de una hedionda hidalguía y donde los hombres asesinan a
las mujeres de forma bárbara inhumana y cruel, sin que esto no sea declarado un
magnicidio, por ejemplo aun no se olvida a Angélica del barrio el Socorro, a la
trabajadora sexual llegada de Cúcuta y asesinada sin castigo por sujetos en una
camioneta en el barrio el pozón. Pero hoy como lo manifiesta Fernando Vallejo
el país que se debe acabar que el país que no debe existir, donde se habla una
lengua muerta, donde la cerveza correrá a borbotones, es Colombia (país exportador
de café y productos varios; importa buenos carros y por cada habitante según las
estadísticas se tiene tres celulares).
La casa de Nariño se verá
forzado con toda la seguridad a manifestar desde hoy (y se apoyara en el éxito mediático
de la victoria contundente de la selección)
que los diálogos se harán con todos los muertos y más muertos y más sangre
mientras esta la mesa de diálogos puesta, esa que un ex presidente pide que se
corra el mantel. Porque como un demente so pena de darle túnel del Carpio trina
tuiters en su Galaxi a cada momento, y recuerdo aquí el histórico relato de
Gabriel García Márquez, el Otoño del Patriarca, lo leí de un solo tirón, claro
que como el relato estaba sin coma y lo leí en tres días; uno entiende (al leer)
como estos individuos una vez sacados del poder se dedican a socavar lo medio
bueno que se hace en el país. Mientras sus crímenes y sus socios en el crimen
se escudan en el subrepticio régimen presidencial, es seguro que en el ubérrimo
nunca leyeron este relato de Gabo. En fin llovió sobre lo mojado, la selección ganó
y aun creemos como unos ilusos que iremos a un mundial; en clara contravía de Fernando
VALLEJO
QUE NOS CONDENÒ A LA DESAPARICION de la faz de la tierra; que digo:
tenemos derecho a soñar al menos; que en nuestra ciudad cuando gane la selección
no olvidemos nuestros males y sentir el mal del otro, de otro ser humano, como
una necesidad de solidarizarnos con la tragedia que vivimos como ciudad y como
sociedad.

