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La Columna de Munera en el El Universal.

miércoles, 25 de enero de 2012

Uno de los temas sobre el que inevitablemente hablan con entusiasmo los funcionarios recién posesionados en la Alcaldía de Cartagena, desde el alcalde hasta el portero más insignificante, es el de la adecuación de los caños para el transporte acuático.

Como si fuese un nuevo ritual que hay que cumplir, los alcaldes, una vez se sientan en el Palacio de la Aduana, prometen volver realidad la vieja idea de los canales venecianos en la vieja y estropeada Cartagena. Y en esas llevamos más de 30 años. Lo sé muy bien porque cuando escuché por primera vez hablar de este proyecto yo enseñaba como profesor de cátedra en una universidad privada, y hasta allí fueron un par de amigos, ligados a la administración municipal, a exponer las maravillas que se desprenderían de tan ambiciosa y pronta transformación.

Ritual sin sustancia y, por supuesto, sin trascendencia alguna, al menos hasta el día de hoy. Se comienza con un tono entusiasta y enfático, y poco a poco, casi sin uno darse cuenta, el asunto va desapareciendo de los medios de comunicación, y tanto el alcalde como el señor portero lo olvidan sin pena ni gloria.

Y mientras ¿qué ha sucedido durante estas tres o más últimas décadas? Los alcaldes no han hecho nada. Eso ya lo sabemos. ¿Pero acaso no ha pasado nada?

Lo grave es que sí han pasado cosas y, como es de suponer, nada buenas. En primer lugar, la ciudad es, en el sentido más absoluto del término, un desastre en transporte. El tristemente célebre Transcaribe, en lo que para mí es ya un verdadero escándalo, lleva más de 6 años de haberse comenzado, y a estas alturas sólo Dios, en su infinita sabiduría, sabe cuándo será terminado. Las calles de la ciudad son cada vez menos adecuadas para el creciente tráfico, y además están casi todas en pésimo estado, ante la indiferencia general y la pasmosa frialdad del secretario de infraestructura que sigue creyendo que todo va bien.

Y con los caños, ¿qué ha sucedido? Pues, que al paso que vamos, terminarán desapareciendo. Me voy a referir al que más conozco, que es el de Juan Angola. Tengo al menos medio siglo de estarlo contemplando. Crecí a sus orillas, y año tras año, en los 30 últimos, en los que se ha hablado de su embellecimiento, lo he visto achicarse hasta casi secarse en algunos puntos de su trayecto.

Para ser más específico, me refiero, en particular, al tramo que va de Crespo al final del Cabrero. Eso que llamábamos El Laguito, los muchachos de Torices y de Marbella, no es hoy sino un charco grande, y en los alrededores del puente de Torices un hilito de agua a punto de desaparecer.

En otras palabras, ya casi no hay caño navegable, sino por tramos interrumpidos entre sí por agua demasiado llana. De modo que cuando la alcaldía se decida finalmente a adelantar su proyecto acuático, le tocará, paradoja previsible, comprar a precios altísimos los terrenos aledaños, que año tras año he visto crecer. Esos terrenos, que no existían antes y en los que se comienzan a construir edificios, son todos o casi todos de propiedad privada.

Así son las cosas en nuestra villa heroica: ya nos dirán cuánto tiene que pagar el Distrito. Claro, si es que el transporte acuático llega a ser una realidad, cosa que tampoco sabemos.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@gmail.com



posdata: no se escribe el de la adecuación, sino así. "la adecuación"

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