Acaso ningún escritor haya hecho tan conscientemente como
Nietzsche de su estilo, un arte de provocar la buena lectura, una más abierta
invitación a descifrar y obligación de interpretar, una más brillante capacidad
de arrastrar por el ritmo de la frase y, al mismo tiempo de frenar por el
asombro del contenido. Hay que considerar el humorismo con el que esta
escritura descarta como de pasada lo más firme y antiguamente establecido y se
detiene corrosiva e implacable en el detalle desapercibido: hay que aprender a
escuchar la factura musical de este pensamiento, la manera alusiva y enigmática
de anunciar un tema que sólo encontrará más adelante toda amplitud y la
necesidad de sus conexiones. Este estilo es la otra cara, el reverso de un
nítido concepto de la lectura, de un concepto que a medida
que se hace más exigente y más quisquilloso libera la escritura de
toda preocupación efectista, periodística, de toda aspiración al gran público y
de esta manera abre al fin el espacio en que pueden consignarse las palabras
del Zaratustra y elaborarse la extraordinaria serie de obras que lo continúan, comentan
y confirman. Al final del prólogo de la Genealogía
de la mora Nietzsche dice que requiere un lector que se
separe por completo de lo que se comprende ahora por el hombre moderno. El
hombre moderno es el hombre que está de afán, que quiere rápidamente asimilar; “por
el contrario, mi obra requiere de lectores que tengan carácter de vacas, que
sean capaces de rumiar, de estar tranquilos”. Nietzsche dice que “existe la
ilusión de haber leído, cuando todavía no se ha interpretado el texto. Y esa
ilusión existe por el estilo mísero en que escribe.
Estanislao
Zuleta, Sobre la lectura 3/18.
Desde la redacción de Hojas de Rutas le rendimos un homenaje a este gran intelectual colombiano, critico, de si mismo y de la sociedad colombiana.


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